martes, 25 de junio de 2013

MITOS Y LEYENDAS DEL ECUADOR



   Cuando mister Harman regresó del Reino Unido, trayendo el préstamo de cinco cajas repletas de libras esterlinas para continuar con la obra, los trabajadores del ferrocarril rompieron en vivas de júbilo. Por fin cobrarían. Sin embargo, tuvieron que esperar hasta el fin de semana para que completaran el jornal.
   En aquel entonces, cientos de hombres trabajaban en el cerro que los indígenas solían llamar Kuntur-puñuna.Atravesarlo, era la parte más difícil del gran proyecto. Además de la inversión económica sin precedentes, el ferrocarril, que había costado la vida de muchos trabajadores, ahora se enfrentaba a un nuevo reto, construir la vía del tren por aquella montaña hostil casi vertical, dinamitándola poco a poco, lacerándola.

El ferrocarril más difícil del mundo. 

   Cuentan que por esos días, de la nada apareció un hombre alto, su sombrero era negro de alas anchas, vestía un elegante frac, su pálido rostro anguloso estaba adornado con un bigote fino y puntiagudo que se levantaba sobre sus mejillas. Lo más impresionante del extraño no era su traje aristocrático tan fuera de contexto en semejante terreno hostil, lo que más llamaba la atención era su enorme y alargada nariz. Al principio, por su apariencia, pensaron que se trataba de algún gringo dueño de la empresa constructora del ferrocarril, pero se desconcertaron cuando les dijo: “¡Deténganse! la montaña no quiere que pase por aquí ningún tren”. Se quedaron paralizados. Luego el extraño desapareció caminando por la trocha que llevaba al lado oscuro de la montaña. Solo fueron tres o cuatro los espantados que abandonaron la empresa afirmando que el aparecido era el diablo; a los demás les venció la necesidad del dinero que ya había llegado, y que esperaban con ansias insoportables hasta el viernes.
   Cuando llegó el día de paga, casi se arma una revolución, las cinco cajas habían desaparecido. Organizaron una búsqueda sin precedentes. Todos eran sospechosos, los indígenas ladinos, los negros caribeños, los mestizos humildes, e incluso algunos españoles venidos a menos. Los ladrones debieron esconder bien las cajas de libras esterlinas, porque nunca fueron recuperadas y tampoco hubo noticias de que el tesoro fuera encontrado. El dinero se esfumó y todos los sospechosos fueron castigados.
   El dueño de la hacienda de Usunag Viejo don Pío Corral, contó que por esos días de tensión, tocaron a su puerta dos negros que apenas hablaban español y que parecían faunos moribundos. Como a tantos otros, se les había imputado el crimen del robo de las libras esterlinas, y habían sido torturados por las autoridades para que confesaran. Los abandonaron creyéndoles muertos. Don Pío les rescató, y en vista de lo injusto de la situación, les ayudó a que escaparan.
   Cuando estuvo concluida la inmensa obra, los trabajadores habrían de volver a mirar la montaña, y la  huella dejada por el ferrocarril les recordó la nariz gigantesca de aquel extraño personaje bien vestido que les dijo que se detuvieran. Se preguntaron ¿Habrá tenido algo que ver con la desaparición del dinero? Los indígenas dijeron que el cerro se comió el tesoro, para que no lo lastimaran. Le pusieron a ese tramo de los railes “la Nariz del Diablo”.
   Algún tiempo después, don Rafael Cuadrado recibió en su hacienda de Sibambe una carta peculiar, estaba escrita por un español que desde la prisión afirmaba haber robado las cinco cajas de libras esterlinas, que conocía su localización exacta, y al estilo del conde de Montecristo, le propuso que cambiaran el mapa del tesoro por su libertad; don Rafael no tomó en serio la propuesta aunque siempre se preguntaría, si habrá sido cierto que aquel español se robó el dinero. A su juicio tenía que ser un blanco, porque un negro, indio o mestizo, no pudo haber pasado tan desapercibido.
   Años más tarde, se conoció que en el sector de la Nariz del Diablo, un indígena de apellido Llivirumbay encontró unas cajas misteriosas mientras cavaba los cimentos de su casa, el hombre se retiró al sector de Tolte dejando a medias la construcción. En su nuevo hogar, de manera misteriosa, se convertiría en uno de los hombres más prósperos de la región. Hay quienes afirman que solo encontró tres cajas. Sin embargo, nadie pudo comprobar la veracidad de la historia de Llivirumbay. Las cajas siguen perdidas, esperando a que cualquier futuro millonario se atreva a encontrarlas.               





   Aquel domingo en la mañana, bajando por la calle de los alfalfares, en el primer pliegue del cerro Kushka, aparecieron los peones de don Jacinto con una recua de veinte mulas, parecían espantadas; cuando los vecinos del barrio Nuevo, sector que en la villa era mejor conocido como Santo Cristo, los vieron llegar en un estado de tensión tal, que parecía que acababan de ver al diablo, se preguntaron: ¿Qué les pudo haber pasado?


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Iglesia de Santo Cristo. 
Foto: XavierEs. 

   Los peones desmontaron luego de que las mulas se detuvieran por el puro instinto de la costumbre: frente a la capilla del señor del Buen Viaje; los que retornaban eran cinco, y como si lo hubieran pactado antes, no hablaban entre ellos ni una sola palabra. Ingresaron por la puerta principal flotando en un aire de consternación; este comportamiento extrañó a los residentes de Santo Cristo, que poco a poco vinieron por la calle de los molinos a misa de las siete. Mientras encendían unos cirios comprados de seguro en Bodegas, los peones murmuraban oraciones ininteligibles, luego los depositaron a los pies del señor del Buen Viaje y se arrodillaron frente a su efigie ensangrentada, de ojos angustiantes, vívidos. Nadie, ni siquiera el cura se atrevió a formularles la pregunta que en este punto se hacían todos: ¿En dónde estaba el Livino?

   Don Jacinto era un próspero comerciante que llevaba cada quince días productos de la sierra al pueblo costanero de Bodegas, lugar que un siglo más tarde sería rebautizado como Babahoyo; y de igual manera, en la costa compraba productos que luego vendía en la villa de Riobamba. La naturaleza aventurera de su trabajo, le había obligado a vivir anécdotas inverosímiles en el peligroso camino a tierras cálidas, sin embargo, luego de largos años de marchas prolongadas, nunca le había pasado nada, a pesar de que en aquel viaje, muchos jinetes arriesgados habían perdido la vida en atracos de salteadores sanguinarios, o a causa de las furias imprevistas de la naturaleza. Alguna vez, cuando alguien le preguntó a qué le atribuía su “buena estrella”, don Jacinto confesó que su seguridad durante el camino, se la encomendaba al señor del Buen Viaje y nunca le había fallado. Los vecinos sabían que era cierto, porque nadie en el barrio, ni siquiera las vecinas fisgonas, recordaban haber visto nunca a don Jacinto partir a Bodegas sin antes detenerse para que ejecutara su rito particular: desmontaba el caballo negro, buen compañero inseparable de viaje, encendía un cirio, lo colocaba con devoción a los pies de la efigie, y se arrodillaba para rezar con la cabeza gacha, encomendaba su viaje a la divina providencia y al camino en sí mismo, costumbre muy suya; luego desaparecía en las oblicuidades engañosas del Kushka, seguido por una recua de mulas; que con los años, había crecido en número, gracias a la constancia temeraria del comerciante.
   Sin embargo, hace más de una semana, don Jacinto cayó enfermo. Pasaban los años, él ya no era el mismo joven arriesgado que soportaba sin vacilar los atracos inesperados y las inclemencias pavorosas de los cambios de clima. El Livino era su peón más destacado, diligente, exacto en las cuentas; y aunque algo en su mirada de oropel le decía que no era confiable, sabía que él, debido a su experiencia, era el único capaz de hacerse cargo de la expedición, que debía partir sin más demora, y por primera vez desde hacía muchos años, sin el comerciante. Al Livino le explicó, paso a paso, lo que debía hacer durante el viaje para que este concluyera con éxito, -Lo primero es pasar encomendándote al señor del Buen Viaje,- dijo antes de seguir descansando. -Llévate al negro que conoce el camino, lo demás ya sabes,- le despidió sin ceremonias.

   Cuando el Livino probó la ilusión pasajera del poder, se sintió en plena libertad de desobedecer al comerciante. La madrugada lluviosa de aquella partida, sorprendió a la recua de veinte mulas junto a la capilla de Santo Cristo, detenidas por costumbre y azuzadas con furia por el Livino, que miraba sobre el hombro la casa del Dios muerto, con un rencor acumulado en sus genes por doscientos años y que habrían de acumularse trecientos más. Viajaron por montañas escarpadas, páramos alucinantes, ciudades que tenían más iglesias que hogares, bosques nublados repletos de salteadores; hasta que llegaron al cruce del río Chimbo. Al llegar, lo primero que notó el Livino fue que el río había crecido por las últimas lluvias. No era la primera vez. El peón miró en ambas direcciones buscando un vado seguro en el cual se pudiera pasar, lo encontró unos cuantos metros río arriba, ordenó una tras otra las mulas con tan buen criterio, que la caravana pasó de manera compacta y sin problemas; cuando todos estuvieron en la otra orilla, el Livino esbozó una sonrisa de triunfo y comenzó a cruzar el río; mas cuando estaba casi por la mitad, el caballo negro se resbaló en una piedra extraviada en la corriente del indomable Chimbo, los cinco peones miraron boquiabiertos como el jefe de la expedición volaba por los aires y caía en un rápido, sumergiéndose en las heladas aguas provenientes del páramo; lívidos de pavor fueron testigos de los gritos de auxilio que se apagaron por la furia de los rápidos, en cuestión de minutos el peón desobediente fue tragado por un remolino y no lo vieron más; mientras tanto el caballo negro alcanzaba a pararse, estabilizado por sus cuatro patas, que resbalaban al contacto con las piedras lisas del río. El animal se salvó de milagro. Apenas pudieron reaccionar, los colegas del Livino aseguraron las mulas y fueron a buscarlo río abajo pero fue inútil, la topografía era imposible, decidieron que lo mejor era avanzar al siguiente pueblo y dar parte a las autoridades de la Real Audiencia, aunque sabían que la búsqueda sería en vano. 
   -Al Livino se lo tragó el río,- habrían de explicar los temerosos peones aquella mañana luego de que salieran de la capilla de Santo Cristo, ante la congregación espontánea de vecinos curiosos.

   A partir de este extraño suceso, en el barrio Santo Cristo nadie se atrevía a transitar por la subida de los alfalfares más allá de las once de la noche, porque los vecinos, más espantados que por convencimiento propio, aseguraban que en las noches oscuras, por la ladera del Kushka, bajaba una luz, un farol rojo inexplicable que recorría el camino de Bodegas como un alma peregrina; y quienes lo vieron, asustados por aquel destello misterioso, aseguraron que quién intentaba entrar en la capilla del señor de Buen Viaje, no era otro sino el Livino, que demasiado tarde, trataba de lavar sus pecados de desobediencia.









La Noche de Animero. Fotografía. XavierEs.

   Cuando faltaban diez minutos para las doce de la noche, apareció el Animero por una calle vacía, las temibles casas de barro y teja de la parroquia Cubijíes, hacían pensar en el escenario ideal para ambientar una leyenda; sin embargo, dos docenas de automóviles, que habían traído a casi un centenar de gente, estaban estropeando la escena. 

   Con celeridad, el Animero se dirigió a la puerta de hierro entretejido como red, que protegía la primera entrada de la iglesia, mientras estaba abriendo el candado, se escucharon tenues murmullos de los espectadores, cargados de diversos comentarios, y no faltó algún chiste que divirtió a cierto grupo que festejaba con botella en mano; otros, que miraban al Animero con cierto respeto sigiloso, notaron que el encapuchado portaba: un cráneo que bien podía ser el antepasado de cualquiera, un crucifijo de Jesús agonizante, una campana de bronce que animaba almas en pena, y un látigo por si algún curioso despistado se cruzara más allá de la frontera del respeto.


La llegada.


   Sin embargo, cuando el Animero entró en la iglesia del pueblo para rezar por las almas del santo purgatorio, nadie se acercó, ni siquiera se atrevieron a cruzar la primera puerta que daba a un pequeño patio que estaba cercado por una pared blanca, que al Animero le daba por el hombro, y que estaba protegida por puntas de hierro que hacían juego con la puerta. Luego de quince minutos, cuando el frío de la media noche reclamaba cualquier bebida caliente, salió el Animero de la Iglesia, los turistas lo acribillaron con los flashes de sus cámaras; él, como si todo ese espectáculo le provocara desasosiego, cerró lo más rápido que pudo el gran portón de la iglesia. Mientras aseguraba la segunda puerta, a quienes observaron con atención, les intrigó las zapatillas negro-blancas Converse que calzaba debajo de la túnica. Apenas cerró la puerta de hierro entretejida, salió a paso rápido por la misma calle de luz tenue en la cual había aparecido; los turistas dudaron si debían seguirlo apenas cinco segundos, cuando se lazó el primero, los demás le siguieron en tropel, pocos lo sabían, estaba subiendo al cementerio.

Gente siguindo al Animero

   El camposanto de Cubijíes estaba construido en una montaña, de modo que para subir, la pequeña muchedumbre siguió al Animero por unas gradas interminables, que a la mitad del recorrido doblaban a la derecha. La persecución duró poco. Cuando los primeros de la manada estaban por la curva de los peldaños inacabables, se escuchó una voz desde la oscuridad ¡Qué pena para este relato! que no haya sido de ultratumba; era un vecino molesto que increpó a la gente un poco más de respeto para la tradición de su pueblo. Los turistas detenidos por la autoridad tácita de la voz, se quedaron viendo entre ellos, buscando alguna explicación; y mientras hicieron silencio, desde el cementerio se escuchó un canto lejano que habría de espantar a más de uno.



La plegaria del Animero

   ¡Despierten las almas dormidas, de ese profundo sueño, para rezar un padre nuestro y un ave María, por las benditas almas del santo purgatorio, por el amor de Dios! Luego tres campanadas quebraron el silencio de la media noche, y docenas de perros le ladraban al más allá. La curiosidad pudo más que la advertencia del vecino molesto. Aunque muchos ya habían bajado a esperar en el parque, algunos subieron a la entrada del cementerio para escuchar otra vez el canto del Animero.


Cementerio


Cubijíes

   Desde el cementerio se veía al pueblo encendido de luces blancas y amarillas, en el centro, los acabados sencillos de la iglesia sobresalían sobre el resto de casas antiguas, de teja barro en su mayoría. Las luces del templo del adiós en cambio eran tenues, y la penumbra de los muertos obligó a los últimos turistas a esperar en la entrada; el canto del Animero irrumpía en la media noche cada cierto tiempo, a veces se escuchaba tan cerca que parecía que el encapuchado iba a aparecer en cualquier momento; otras, daba la impresión que se alejaba por el camino que conducía al pueblo. Sin embargo, cuando los turistas que venían por primera vez pensaron que iba a ser imposible ver al Animero de cerca, apareció desde la luz apagada en sombras del cementerio con su misterioso atuendo de cucurucho blanco sin capirote, portando siglos historia: calavera, crucifijo y campana en mano, el látigo lo llevaba colgado en el hombro derecho; pasó tan cerca de ellos que por poco se lleva por delante a un despistado. El penitente pasó entre el grupo de curiosos decididos y tan solo unos metros más adelante, entonó su quintilla y las tres campanadas. Luego desapareció otra vez entre las criptas tenebrosas y las tumbas lúgubres. 
 Los visitantes curiosos debieron satisfacerse con aquel encuentro, porque esta vez dejaron que el Animero se aleje con los espíritus que caminaban a sus espaldas.       

Detrás del Animero.

   Todos descendieron a esperar en el parque, junto a los árboles y la cancha de ecuavóley; de entre los cubijeños que estaban esperando con infinita paciencia, apareció una señora que vivía cerca, dejó en claro que dentro de poco el Animero se presentaría ahí mismo, donde ellos estaban parados. Pocos lo dudaron. No pasó media hora cuando se lo vio otra vez por la calle principal, a cinco cuadras de la concentración de turistas, la mayoría decidió seguir esperando; en cambio, los más entusiastas caminaron tras el encapuchado. Fue fácil alcanzarlo, debido a que el Animero se detenía a rezar cada cinco o seis calles; iba escoltado por tres niños, el mayor debía tener once años y mantenía a los curiosos a cierta distancia.

   Rezando por una calle adoquinada paralela a la principal, llegó al cruce de la carretera que conducía a Riobamba; luego de que entonara el canto, una camioneta F-150 que venía desde Penipe se detuvo, una señora bajó del lado del copiloto, cruzó la vía mirando ambos lados, y muy despacio se acercó al Animero por detrás; luego, con una devoción nada teatral, depositó en sus manos una limosna. La tradición prohíbe al encapuchado mirar atrás, y para quién viste la túnica, lo mismo en: Achupallas, Bayushig, Cubijíes, Penipe, Quimiac o Yaruquíes; es algo que se debe respetar, de manera que sería absurdo e impensable, voltear a ver quién ofrece la limosna.
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Junto a la carrtera

   El encapucho se adentró al pueblo caminando por la calle principal, muchas personas imitaron el gesto de la señora de la camioneta entregando una limosna para las santas almas del purgatorio, deteniendo al Animero en las esquinas tenebrosas por unos instantes; esto permitió que se le fotografiara, siempre guardando una distancia respetuosa. Nunca seguía una línea recta por mucho tiempo, parecía perseguir una diagonal imaginaria, de manera que bien podía aparecer en cualquier lugar. Es así que, tal como lo había predicho la señora del parque, apareció el Animero encapuchado y cantó junto a la iglesia, en ese momento los turistas hicieron una pequeña fila para depositar las limosnas, luego volvió a rogar por las almas del purgatorio y se perdió en la noche. Los turistas lo  fotografiaron a sus anchas; y con los pedazos de Animero guardados en los fractales insospechados de sus juguetes modernos, la mayoría se subió en sus autos de grandes llantas, y condujo de vuelta al feriado. 

En el parque






   El Animero estaba solo cuando pasó junto a la guaba, era el extraño punto en cual sintió que alguien le seguía, el mismo árbol de ramas dispersas y grueso tronco asimétrico, en el que se caminaba sin avanzar; en este punto, un Animero recordado en el pueblo, que cantaba por las almas acompañado de un candil que apenas alumbraba la espesa oscuridad, tuvo un célebre encontronazo con el duende de la guaba, del cual solo pudo sobrevivir gracias al látigo protector y a la efigie del Cristo agonizante. Aunque era uno de los puntos más difíciles, el Animero no estaba asustado, porque sabía que su devoción lo protegería, que la fe ciega e incondicional borraría de su mente cualquier resquicio de miedo, ahuyentando todo aquello que quisiera hacerle daño. Cuando dio la tercera campanada sintió un alivio liberador. Al menos durante la novena de este año, el duende no apareció; pero no se sabía, apenas iban cinco años, le quedan cuatro más, y esperar a que alguien tomara la posta el noveno año, de otro modo él mismo tendría que seguir la tradición; como pasó con don Patricio, el anterior Animero, quién cumplió la penitencia durante doce años.

   Siguió otra diagonal de energía dirigiéndose a un punto más relajado, la noche le pareció más clara y aunque no podía ver, supo que las estrellas estaban ahí, pegadas al cielo. Por fin la tensión se disipó y ya no había gente, todo era silencio. Entonces el Animero cubijeño de zapatillas Converse que apenas tenía dieciocho años, cantó con devoción incuestionable una vez más, se sintió cómodo; al sonar la tercera campanada se preguntó ¿Cuántos años más habría de afrontar este reto? ¿Cuánto más su fe debía soportar las burlas de los panas chistosos? Hoy no debía estar ahí, quién se comprometió el primer año fue su hermano mayor, no le permitieron dejar su trabajo en Baños los nueve días de la tradición, a cambio cumplió los tres que pudo. La diagonal le llevó a través de una calle oscura y sin asfalto, al final de las dos cuadras, vio un poste de luz y sombras. 



La iglesia

   Cuando salió por la calle principal de su Cubijíes antiguo, las tejas de las casas detenidas en el tiempo y las paredes de tierra ancestral le parecieron menos tenebrosas; las casas modernas de ladrillo y hormigón de dos pisos de pronto se hicieron visibles, y la gente se había reducido a un grupo de amigos, celebrando el feriado con un trago sin etiquetar alrededor del parque. El Animero se acercó a la iglesia para que concluyera la novena, se concentró en su melodía sacra, el canto de las almas. Al abrir el gran portón de madera, el Animero sintió una mirada a sus espaladas, una sombra desquiciada, una voz que vino desde el silencio, intuyó lo sagrado; entonces, su corazón supo que jamás permitiría que se rompiera el juramento que su hermano hizo una vez a las almas de sus muertos inolvidables; a pesar de que dentro de la aterradora iglesia, la culpa de los muertos en el purgatorio se hacía cada vez más evidente a medida que avanzaba la noche.   
    

La calle principal.














Representación acestral del Chusalongo.
Foto: 
http://www.bce.fin.ec/perintegra9.php

   La joven se adentró por el camino que llevaba a la montaña, había salido temprano de su comunidad olvidada en algún lugar cerca de Chambo. Debía incendiar el páramo a pesar de que el abuelo le advirtió que no lo hiciera, de otro modo el mayoral castigaría a su padre por no cumplir la orden del terrateniente: Quemar la inútil paja, para que los retoños alimentaran al ganado.

   Cuando llegó al lugar que le habían indicado, notó que a su alrededor no había otra cosa sino pajas bamboleantes, almohadillas adheridas al sustrato de la tierra que sudaban agua, conejos asustados y aves temerarias. Estaba sola. Sacó de un bolso de cuero, una vela de cebo y madera seca, se arrodilló, y cuando se prestaba a encender el fuego, sintió que alguien le tocó el hombro, cuando volteó pensado que algún hermano le siguió para cazar conejos, no había nadie. Se puso de pie y miró a su alrededor, la misma soledad y silencio solo perturbado por la bulla de los gélidos ventarrones. Buscó yesca en el bolso para facilitar su tarea, pero cuando alzó la mirada, un hombre pequeño de poncho y shigra estaba parado frente a ella con una amplia sonrisa. -No quemes la pacha mama-dijo. El enano le habló como nadie le había hablado antes, se ganó su confianza desde el primer momento, a la muchacha le gustó tanto pasar el tiempo con aquel extraño, que cuando empezaron a jugar a las cogidas de manera espontanea, se le olvidó por completo el motivo que le había traído hasta ese lugar.           

   Al siguiente día, en la choza de la joven, sus padres estaban con el corazón en vilo, pues al ver que la muchacha no llegaba como de costumbre cuando moría el sol en el horizonte, fueron a buscarla; sin embargo, encontraron el páramo intacto, ni un solo rastro de ella, peinaron la montaña y nada, fueron al pueblo y nadie la había visto. Despareció ¿Se la habría comido el cerro? Se preguntaron angustiados y estaban preparándose para una segunda búsqueda con el apoyo de los vecinos; cuando de pronto, bajando por el sendero que conduce a la montaña, apareció la joven con una sonrisa diferente dibujada en los labios y una mirada flamígera, que a sus padres les pareció extraña. Cuando contó lo sucedido, habría de causar un revuelo memorable en la comunidad, roja de vergüenza reveló que había pasado la noche con un enano que la hizo feliz una y otra vez con su miembro viril descomunal; le creyeron la primera parte, pero el enano debía tener nombre y apellido. No lo defiendas wambra bruta, ¿Quién era el desgraciado? Insistieron, ella contestó que no lo sabía. Aquella mañana, la joven fue purificada con agua helada, ortiga y cabestro. Sobre la tarde fueron a quemar el páramo, dejándola encerrada en la choza y de custodia, los vecinos.

   La indignación de su familia habría de rebasar todo límite, cuando fue pasando el tiempo de la siembra y llegó la cosecha. El vientre de la muchacha crecía imparable. Por esa época, los taitas estaban pensando en algún modo para hacer que el responsable diera la cara, los días se enrarecieron y los comuneros empezaban a percibir algo turbio en el páramo. Entonces, una noche oscura y silenciosa, se presentó el enano de pocho y shigra, la familia apenas percibió su sombra y el golpeteo del viento, cuando despertaron, el rincón de la choza en el que solía dormir la muchacha ya estaba vacío.-Fue el chusalongo- dijo el abuelo, quién fue el único que se refirió al asunto. Nunca más habrían de tener noticias de ella y tampoco volvieron a mencionarla.   

   El solitario se perchó junto a la campana de la nueva capilla, imitando el silbar melancólico de los humanos; en el cielo, oscuras nubes de silencio opacaron la comunidad.
 
   Hace poco, en Shumid del cantón Alausí, se había inaugurado el templo católico, junto con este, el cementerio, la casa del cura y la plaza pública; se organizó una estrepitosa farra con harta chicha y música, tan memorable que se recordó con agrado durante algunos años.


Myadestes ralloides. El solitario andino.
Foto: 
http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Myadestes_ralloides_NBII_crop.jpg
 
   Eran mediados del siglo XIX, Agustín Guamán, el cacique estimado por todos en la comunidad, había donado los terrenos para edificar las obras públicas, y era visto como una especie de padre protector. Estaba casado con doña Paulina Upaya, no podían tener hijos y vivían junto a la capilla recién edificada. Una mañana, al poco tiempo de la inauguración de las obras, el cacique Agustín salió temprano, casi enseguida Paulina escuchó un silbido, pensando que el marido había regresado, salió al umbral de la puerta, no había nadie, solo un pájaro misterioso y solitario que al verla levantó el vuelo y se perdió en la rutina de la mañana. Por la noche la esposa le recriminó: ¿Por qué silbaba y luego se iba corriendo? ¿Acaso no estaban con demasiados años a cuestas como para ese coqueteo absurdo de muchachos? Pero el cacique no había regresado, pensó: ¿Quién era el de los silbidos? ¿Acaso sería el dirigente Ñamiña? Desde hace tiempo le estaba lanzando miradas sospechosas a su mujer, que él en secreto desaprobaba, pero que no reclamó pues hasta aquel nefasto día, no había visto nada extraño en su comportamiento. Tenía que ser él. Paulina no pudo evitar que su marido distorsionara la realidad, que la torciera como a pescuezo de cuy faenado; el cacique estaba intranquilo. 
   A la mañana siguiente, el benefactor del pueblo salió de su casa con la duda comiéndole las ansias y trepó la loma más cercana para espiar a su warmi. El azar del destino quiso que Ñamiña necesitara al cacique para una diligencia esa mañana, en la cual, poco antes, Paulina se sintió observada, de modo que salió al patio de la casa para ver quién era; en eso llegó el dirigente, preguntó por el esposo y se retiró enseguida, mientras tanto, escondido en la loma llena de paja, el cacique se cocinaba en el fuego lento de los celos. Apenas Ñamiña volteó, Agustín descendió imaginándose las manos del dirigente acariciando el lacio cabello de su mujer, parecía fortalecido por el millay. Sin pensarlo dos veces y sin escuchar escusa alguna, asesinó a su esposa colgándola de la viga más alta y fuerte que pudo encontrar. Su ira se convirtió en llanto cuando escuchó el silbido polémico, corrió a la puerta para hacer frente al amante de su mujer, pero lo que encontró fue al solitario cenizo y agorero, que cantaba perchado en el campanario de la capilla, silbando sin otra preocupación más que silbar.
   El cacique no soportó la pena, se colgó junto a Paulina utilizando su cuerpo inerte como contrapeso.           
                                                                            Transcripción: Federico González *
.... Decían, pues, que en época muy remota había estado poblada toda la provincia del Azuay; pero que todos los habitantes que entonces existían habían perecido en una inundación general que cubrió toda la tierra. En el origen de los tiempos, la raza humana se vio amenazada por una formidable inundación y sólo dos hermanos fueron los únicos que se salvaron en la cumbre de una montaña llamada Huacay-ñan, o camino del llanto en la provincia de Cañaribamba: las olas de aquel diluvio mugían en torno de los dos hermanos; mas, a medida que se levantaban las aguas, la montaña se iba levantando también sobre ellas, sin que llegara a ser cubierta, por haber alcanzado a tener una altura considerable. Cuando con la disminución de las aguas hubo pasado ya el peligro, los dos hermanos se vieron solos en el mundo; pronto consumieron los pocos víveres que les habían sobrado y, para procurarse otros, los salieron a buscar en los valles vecinos; mas, ¿cuál no sería su sorpresa al encontrar de vuelta a la cabaña que habían edificado, listos y aparejados por manos desconocidas, manjares que ellos no esperaban? Al cabo de algunos días, durante los cuales no había cesado de repetirse la misma escena, deseosos de descubrir aquel misterio se convinieron que uno de los dos se quedaría oculto en la cabaña, puesto en acecho, para sorprender aquel enigma, mientras iría el otro, como de costumbre, a buscar alimento.  Como lo habían acordado así lo pusieron por obra: cuando hé aquí que el que estaba escondido vé entrar de repente en la cabaña dos papagayos con caras de mujer, los cuales prepararon inmediatamente el maíz y las demás viandas que debían servir para la comida. Así que descubrieron al que estaba oculto, las dos aves alzaron el vuelo para huir; mas no lo hicieron con tanta ligereza que no se alcanzase a apoderarse de una de ellas con la cual se desposó y de este matrimonio nacieron seis hijos, tres varones y tres mujeres. Estos a su vez se desposaron entre ellos y de sus familias tuvo origen la nación de los Cañaris que poblaron la provincia del Azuay y tuvieron siempre por los papagayos grande veneración.



La Esposa del Duende

   Una joven salió de casa a lavar ropa en la chorrera de siempre: la funesta; en la que habían visto a un hombrecito de sombrero grande, ancho cinturón y botas sucias. El duende tenía mala fama de conquistador: se llevaba a las jóvenes más bellas y vírgenes. La muchacha desapareció aquel día ante la angustia de su madre, la buscó por todo el pueblo, luego por toda la villa y solo desistió de su empresa, cuando los emisarios que mandó a Colombia regresaron con el rabo entre las patas.

   Algún tiempo después, la madre estaba sentada junto a la chorrera pensando en su hija, cuando de pronto apareció la joven como un espectro de carne y hueso en medio del chorro de líquido transparente; llevaba un bebé en brazos, y la pequeña mano de un niño le sujetaba la falda mojada. La señora sintió que le regresó el alma al cuerpo por un instante; mas, antes que pudiera preguntarle nada, del interior de la chorrera salió el duende un poco marchito, exigiendo que su esposa regresara a casa. <<El duende se llevó a mi hija>> se quejaría más tarde la señora a todo aquel que quiso escucharla. Los forasteros no le creyeron, pero sus vecinos sabían que la afirmación era cierta, pues más de uno vio a la chica por esos años lavando ropa en la chorrera, aunque su madre nunca más habría de volver a verla.

La Quebrada del Duende

   Dos primos que vivían en el campo, estaban jugando a sus anchas en algún lugar de las vastas praderas de la cordillerana andina, se alejaron de casa llegando a una quebrada profunda. Del interior, salió un hombrecito de sombrero extraño, era amigable y jugó con ellos. Cuando entraron en confianza, el Duende les invitó a su hogar dentro de la quebrada; con mucha dificultad descendieron, adentro todo era oscuro; sin embargo, la escasa luz del sol, bastaba para identificar unas brillantes bolas de oro incrustadas en el peñasco. Los primos quisieron recolectar una, trataron y trataron de extirpar aunque sea una pequeña bola de consuelo pero fue inútil. Al siguiente día, cuando fueron con sus padres, la quebrada había desaparecido y no encontraron rastro alguno del Duende.    



El Chuyulongo

   Cuando el cazador murió de un tiro certero en la cabeza, disparado por su propia escopeta, pocos en el pueblo creyeron la versión oficial: suicidio. Todos sabían quién era el culpable, pero la justicia terrenal jamás podría procesarlo: el Chuyulongo. Era el duende protector del bosque, no había cazador en todo el ámbito del subtrópico que no lo conociera. Los cazadores precavidos le pedían permiso antes de internarse en la densidad del bosque, él se los otorgaba cuando sabía que la finalidad de la caza, era el alimento.


   El aparente suicida se había dejado cautivar por el alto precio de la carne de guanta. La noche en que murió el desafortunado cazador, salió de Cumandá más temeroso que de costumbre; le había pedido permiso, pero algo en su interior le decía que el Chuyulongo habría de adivinar su verdadero motivo ¿Cómo engañar a un duende? No había disparado un solo tiro, cuando escuchó el ruido casi imperceptible de una sigilosa guanta, moviéndose entre árboles de cedros y fernán sanchéz; tomó su escopeta, levantó el gatillo y el percutor; luego, de una bolsa de cuero extrajo pólvora, tomó un pedazo de algodón adherido a una especie de alambre, que esa noche extrajo de una cabuya; taqueó sin hacer el menor ruido, luego extrajo perdigones que echó al interior de la escopeta calculándolos por el peso. El cazador apenas estaba retirando el pedazo de alambre de cabuya, cuando se escuchó un estruendo ensordecedor que espantó a murciélagos y aves noctámbulas que buscaban alimento en la densidad de la noche. Al siguiente día fue hallado el cuerpo del infortunado cazador, y aunque los representantes de la mala justicia reportaron un suicidio, en todo el pueblo era entendido  que el Chuyulongo no le había dado permiso para cazar en su bosque.  

El Duende Enamorado

   Cuando los esposos compraron la propiedad en Lan Lan, sus amigos les habían advertido:<<Esa es zona de duendes>>. A la pareja le pareció que eran cuentos para asustar niños que no querían tomar la sopa. Una vez que estuvieron bien instalados, sus hijos de seis y ocho años fueron a explorar los alrededores. Un día regresaron más emocionados de lo usual, con la novedad de que habían pasado toda la mañana jugando con un hombrecito de sombrero de copa larga y alas cortas; lo habían encontrado en una cueva, donde habían magníficos tesoros, pero que cuando quisieron llevárselo les fue imposible: la cueva estaba encantada. Los padres lo tomaron como juegos normales de niños, con sus amigos imaginarios.


   La esposa todavía no pasaba de los treinta, y a pesar de los dos partos, era reconocida como la mujer más hermosa de la región. Pocos días después del alboroto de los niños, mientras desayunaban, la mujer sintió el golpe de una pedrada en su espalda, cuando volteó no había nadie. Fue el inicio de un asedio tenaz, la mujer se sentía observada en todo momento y le caían piedritas los ratos menos pensados. Ella supo quién era porque en más de una ocasión, vio la sombra del duende, dejándole saber que siempre estaba pensando en ella. El pequeño hombre estaba tan obsesionado con la mujer, que la familia no tuvo más remedio que vender la propiedad de Lan Lan y dejaron para siempre el lugar. 
   El vaquero arrió el ganado hasta la pampa más alejada de la gran hacienda, a los pies del taita Chimborazo; la rutina diaria era levantarse con la primera luz del alba, ensillar el caballo a toda prisa, desayunar agua de panela bien caliente y llevar el ganado para que se alimentara de cualquier pasto exquisito; por la tarde, debía cercarlos para emprender el retorno a la hacienda, porque si se le ocurría al terrateniente, iba a contar el número de cabezas.



El Taita Chimborazo.

   Esa mañana, nada se le había escapado a la perversa rutina; hasta que por la tarde, el vaquero regresó a la pampa en la que había dejado a los rumiantes. Desaparecieron. No encontró ni siquiera un pequeño ternero de consuelo. El hombre entró en pánico ¿Y ahora, qué dirá el patrón cuando se entere? Recordó que a un primo suyo le castigaron con veinte azotes, porque un semental que estaba bajo su cuidado, rodó por una quebrada, y solo encontraron el cadáver gracias al festín que los cóndores hicieron con él. Este pensamiento lo atemorizó, le temblaban las manos, estuvo seguro de que esa misteriosa desaparición le iba a costar la vida.

   Descendió del caballo y se dejó caer de espaldas sobre el campo desierto, con las manos en la cabeza, pensando: ¿Y ahora qué hago? Durante unos minutos, su mente se quedó en blanco, pero de repente se le vino una idea providencial: los lobos pudieron haber espantado a la manada, se incorporó de inmediato, saltó sobre el caballo y cabalgó en procura del ganado. Al no encontrar sino lindos paisajes en las montañas vecinas, tuvo una sensación de infinita impotencia. Ahora sí lo iban a matar.

   Por la noche, el vaquero regresó a casa abatido, imaginándose al terrateniente con la veta en la mano derecha, golpeándola de manera sucesiva contra la izquierda, esperándolo para castigar su negligencia; pero la suerte jugó de su lado, esa tarde el patrón había viajado a Riobamba, iba a regresar dentro de diez días.

   -Hasta que regrese patrón, vaquitas ya han de asomar- le explicó al capataz, que le dio el plazo  de un día para que aparecieran los animales.

   Al siguiente día, tomó su taza de panela bien caliente más temprano de lo usual. Cabalgó en la aurora helada de los páramos, que despertándose a la luz, parecían repletos de pigmeos, pero el vaquero sabía que eran solo la sombra de las pajas agitadas por el viento. Cuando alzó la cabeza, apareció el Taita Chimborazo con la misma forma de hace diez mil años, coronado por nieves perpetuas. Los primeros rayos de sol aparecieron. La cima se iluminó poco a poco hasta que en un momento pareció arder, y la crepitación del fuego era el viento que soplaba en su cara, se sintió atraído hacia el anciano de nieve.    

   El sol todavía no revelaba su esplendor cuando el vaquero llegó al sitio de la misteriosa desaparición, esta vez se internó en las faldas del Chimborazo. Buscó sin éxito en los alrededores, por último, ya casi sin esperanza, dejó que el caballo vagara a sus anchas, se distrajo pensando en una excusa creíble para que el castigo no fuera tan severo, sino, le quedaba otro camino: la fuga. De ese modo llegó a un lugar en el que no había estado nunca, lo cual le pareció extraño porque si de algo se preciaba, era de conocer las faldas del coloso de los andes tanto como el poncho que llevaba puesto. Se encontró frente a una descomunal roca empotrada al sustrato de la montaña, en la mitad tenía una fisura que se asemejaba al quicio de una puerta, descendió del caballo, tocó la roca para examinarla. De pronto, la tierra comenzó a temblar con sutiliza y escuchó el ruido de la fricción de la piedra con el suelo, el vaquero corrió despavorido y se puso al amparo de una piedra de menor tamaño, cuando logró dominar el miedo, asomó la cabeza. Era una puerta que estaba abierta de par en par.

   El vaquero amarró al caballo en la roca que lo había protegido del temblor, por un segundo pensó en quedarse afuera, pero la curiosidad fue más poderosa, de modo que cruzó al otro lado. Nunca habría de arrepentirse de aquella buena decisión. Adentro descubrió una ciudad de casas doradas de un piso, con amplios ventanales de estilo clásico, las calles estaban adoquinadas de oro puro y todo tenía un brillo propio como las estrellas. Caminó hipnotizado de fascinación, sobrecogido por la idea de estar en la ciudad que los conquistadores buscaron durante toda la colonia. En el centro de la ciudad había una plaza. Ahí estaba el ganado con sus cuernos de luna nueva y su pelambre de dálmata.

   El vaquero conoció a un anciano que le hablaba con cariño de abuelo propio; era alto, su cabello era tan blanco como la nieve perpetua y le llegaba a los hombros, al igual que su larga barba enmarañada que le daba un aire de gnomo, vestía una blanca túnica que le llegaba a los talones, los amigables gestos de su rostro le trasmitieron un sentimiento de sosiego inédito, sobrecogedor. Brillaba. El peón le contó el drama del ganado desaparecido, el anciano sonrió con gentileza.

   -Yo traje el ganado porque quería que vinieras, tengo algo para ti, hijo- expresó el anciano en perfecto kichwa. Fueron hasta la casa más fastuosa del pueblo, en su interior la mesa estaba servida con un banquete de frutas, tan diversas y raras que el vaquero no logró reconocer algunas; comió tanto que creyó que iba a reventar. Luego del festín frutal, el anciano le entregó una esplendorosa perla, tan grande como un melón. “Es para curar” dijo el anciano, pero le advirtió que debía tener el espíritu libre de energías negativas. Luego un sopor lo invadió, tornándose borrosas las frutas masticadas que tenía delante, como si estuviera detrás de una cascada.

   Cuando despertó estaba en la pampa en la cual había desaparecido el ganado, la primera reacción fue pensar que todo había sido un sueño, mas al querer levantarse, una perla del tamaño de un melón rodó entre la paja. No había sido un sueño. Era casi medio día, el vaquero calculó que estuvo al interior del Chimborazo dos horas, a su alrededor pastaba el ganado con la misma parsimonia de las llamas. Luego de constatar que estaban completos, arrió la manada de vuelta a la hacienda, cercó a los animales y cuando entró por la puerta de su casa, encontró a su mujer bañada en lágrimas, sollozando oraciones fúnebres.

   La esposa del vaquero era una indígena de huesos cortos, al verlo entrar por la puerta pensó que era el alma del esposo que venía a recoger los pasos; el vaquero estuvo desconcertado. Fue entonces cuando se enteró que no habían pasado dos horas como creyó, fueron cuatro angustiosos días; los vecinos de la comunidad habían organizado grupos de búsqueda, peinaron la montaña siguiendo su rastro; el capataz de la hacienda, a esas alturas, estaba seguro de que el vaquero se había robado el ganado.

   Apenas se enteraron del retorno, los vecinos se agolparon en su casa, entonces el peón les contó la prodigiosa historia, y los que, como santo Tomás no creían sin pruebas, les mostró la enorme perla que los dejó mudos de asombro. Esa bola brillante había de causar tanto alboroto, que la jornada de trabajo se alteró por completo durante la tarde; organizaron una expedición desordenada, con hombres que estaban pensando en que gastarían el oro que iban a extirpar del interior del Chimborazo. Pero los vecinos desconcertados no encontraron sino una misteriosa neblina que enrareció la montaña y que por poco provocó que se perdieran.

   Esa misma noche, cuando estaban reunidos comentando la fracasada expedición, se presentó un extraño que vestía como ellos y les habló en su idioma: “El oro del taita Chimborazo no les pertenece, no lo busquen”, advirtió, luego se perdió en las faldas del coloso; los comuneros no dudaron que se trataba de un mensajero del Apu, porque cabalgó por el camino que conducía a la montaña, donde solo vivían: la estrella del Chimborazo, el lobo de páramo y los recuerdos de un ave majestuosa, que planeaba en las gélidas alturas vistiendo una bufanda blanca.


Faldas del Cimborazo. Templo Machay 
   El Sol brillaba en una comunidad de las faldas del Chimborazo, un niño estaba jugando con su perro; se alejó del pequeño poblado adentrándose en el páramo espectral. Subió por un cerro forrado de pajas, en la cima encontró alYachak de su comunidad, estaba vestido de blanco, sentado sobre sus talones, erguido, no parecía estar en este mundo porque pese a los ladridos del perro no se movió ni un centímetro. El niño era inquieto por naturaleza, pero nunca supo ¿Por qué? intuyó que debía respetar ese espacio, de modo que se tumbó sobre las almohadillas y acariciando al perro contempló con curiosidad la meditación del Yachak.


El Tayta Chimborazo.

   Cuando terminó la ceremonia, el curandero descubrió sorprendido que un niño le había estado observando. Sonrió.

   -¿Qué estabas haciendo?- preguntó en un kichwa perfecto, que había oído a pocos niños.

   -Estaba hablando con el Tayta Chimborazo- respondió el Yachak.

   -Eso no es posible, las montañas no hablan- dijo el niño.

   -Claro que hablan- dijo el Yachak–. Las montañas son Apus.

   El curandero le invitó a sentarse a su lado.

   -Todo se está moviendo aunque no parezca- indicó, mientras entrecruzaba las piernas-. Nuestros abuelos nos enseñaron que las montañas son seres como los ángeles, son Apus que tienen la capacidad de salirse, espíritus que deambulan, regresan, caminan y como cualquier ser vivo, se relacionan con otros seres.

   -Yo no creo que eso sea posible- refutó el wambra-. Son montañas: tierra y piedra.

   El Yachak sonrió – Es que a los Apus se les puede ver solo con los ojos de la percepción- dijo con una amabilidad, que generó confianza en el niño-. Además, a diferencia de los ángeles católicos que son hombres; losApus son macho y hembra, como nosotros, los animales y las plantas- añadió.

   - ¿Y cómo puedo saber cuándo una montaña es macho o hembra?- preguntó el niño, mientras observaba como laMama Tungurahua arrojaba un hongo gris al cielo.

   -Mira con atención la cima, si tiene forma de media luna como la Mama Quilla es hembra, si tiene cualquier otra es macho - respondió el Yachak, que en cambio no quitaba los ojos del tayta Chimborazo, que aparecía diáfano en el horizonte.

   - ¿Y hay montañas buenas y malas?- cuestionó el niño.

   - El bien y el mal no existe- dijo el Yachak apacible–. Los seres de conciencia luminosa, sutil, ligera, están viviendo en lugares más hacia el cielo, como los Apus que rodean la comunidad ¿Entiendes? En cambio las fuerzas que son materiales, más densas, pesadas, están viviendo en lugares hacia la tierra. Pero estas dos son necesarias para la existencia: las energías negativas equilibran, sin la noche no hay el día, sin luz no hay oscuridad. Los Apus son seres que necesitan una casa en dónde vivir…

   -¿Viven en los cerros?- interrumpió el niño atónito.

   - Exacto - exclamó el Yachak entusiasmado por la inteligencia del pequeño-. Por eso son guardianes de su hogar, igualito como tú y yo, que protegemos nuestra casa. Por eso has de haber escuchado: hay algunos que han ido a la montaña sin respeto y nunca regresaron.

   -¿Y los cerros se casan entre sí?- preguntó el wambra ruborizándose de su propia audacia.

   - Claro que sí- exclamó el Yachak mirándole directo a los ojos-. La mama Tungurahua es la ''bella que vomita fuego'' y erupciona cada vez que tiene ira, porque se pone celosa de su esposo el tayta Chimborazo. Según cuentan nuestros abuelos, antes de casarse con ella, el tayta tuvo que pelear en batallas que se recuerdan hasta ahora, y fue para merecer su amor. 

   -¿En serio? ¿Y con quién peleó?-dijo el niño sorprendido.

   El hombre de blanco se acomodó sobre sí mismo.

   - Mi abuelo me contó que la primera batalla fue contra el tayta Cotopaxi, pelearon durante años con erupciones constantes para merecer a la hermosa Tungurahua. Después, el tayta Chimborazo tuvo que defender su amor frente alKariwayrazu; se lanzaron rocas entre sí, hasta que el tayta por su grandeza, le dio un trompón y por eso su vecino se quedó chiquito. Lo mismo pasó con el Tulabuk, la mama Tungurahua le coqueteaba, el Taita se enojó muchísimo, cosa que la tierra se quedó temblando cuando le atacó con furia, dejándole al pobre Tulabuk del tamaño que le conoces. Más antes había sido casi del porte del Chimborazo.

   -¿Y se peleó también con el Altar?- preguntó el niño curioso.

   -Nuestros ancestros lo llamaban Kapak Urku, y cuando la bella Tungurahua le sonrió, el anciano de nieve, que ese tiempo no era tan anciano, tuvo que librar la batalla más feroz de todas ¿Tienes idea del tamaño que debió tener eltayta Kapak Urku? Pero de todos modos el Chimborazo ganó, al final fue el justo merecedor de su mano en matrimonio. 

   -Entonces el tayta Chimborazo tiene hijos- concluyó el niño.

   -Todos somos sus hijos, él es nuestro padre que permite las cosechas, cuando se enoja nos caen heladas y no tenemos qué comer, pero él es sensible…- manifestó señalando al coloso.

   -No me refería a eso, yo digo hijos que sean cerros- aclaró el pequeño.

   Bueno, del matrimonio nació el wawa Pichincha. Cuando llora, la mama le contesta. Por eso, luego de muchos años de tranquilidad, los dos entran en erupción al mismo tiempo. Además, los mayores contaban que a los esposos les gusta jugar a la baraja con cartas de oro, y que tienen una cueva con tesoros que tú y yo no podemos imaginar, incluso dicen que existe una ciudad de oro puro en su interior – calló por un segundo, dirigiendo la mirada a la mamaTungurahua-. Y cuando el tayta quiere acariciarle, le envía rayos de luz en las noches de luna llena- añadió.

- Pero me contaste que la mama Tungurahua se pone celosa- afirmó el niño, tratando de adivinar el punto en el que elYachak había fijado la mirada.

   - Es que el Chimborazo tiene muchos hijos fuera del matrimonio-manifestó volviéndose al niño-. Una vez me contaron, que una wambra estaba pastando ganado en páramo de Chukipogio, cuando encontró un frejol blanco que brillaba con intensidad, pensó que era hermoso, así que lo guardó dentro de su faja. Contaban. Durante la noche el frejol blanco penetró su piel, se deslizó hasta sus entrañas. Después de nueve meses, dio a luz un niño de ojos azules como el cielo y de cabello blanco como la nieve. Por eso la mama es celosa, y cuando se enoja le bota ceniza en su cara blanca.

   -El tayta ha sido un bandido- se rió el niño- ¿Y nunca le ha engañado con otro cerro?

   - Un día vinieron a visitarle Iliniza y Tionilsa, su esposa ardiendo en celos las atacó con tanto coraje, que las dejó feas para siempre- dijo el Yachak-. Eran solo amigos, pero la mama Tungurahua es tan bella como celosa. Además como cualquier dama, es impredecible, tiene sus períodos, momentos difíciles y ritmos. Cuando seas más grande lo entenderás-aclaró-. Dicen que cuando está cerca el Carnaval, se pone nerviosa, inquieta, porque es tan carnavalera que se queda festejando hasta el chuchaqui del miércoles de ceniza. Los otros meses, en cambio, permanece serena, descansando de tanto trajín.

   - Yo quiero conocer la ciudad de oro al interior del Chimborazo- afirmó el niño.  

   - Si respetas al tayta, y le tratas como el ser vivo, que de hecho es, seguro algún día la visitaras – concluyó el Yachak.

   Cuando la conversación terminó regresaron juntos a la comunidad.  El niño nunca más habría de pensar que las montañas son simples acumulaciones de tierra, que no permiten ver el horizonte.




EL DESCABEZADO

   Era domingo por la mañana, habían pasado apenas veinticinco años del reasentamiento de Riobamba en la llanura de Tapi. El pueblo despertó alarmado con la noticia de que la noche anterior, un jinete sin cabeza había cabalgado por las polvorientas calles de la nueva ciudad. Más de uno lo había visto. Por esos días, las guerras de independencia estaban latentes, de modo que cuando se escuchó a las doce de la noche el golpeteo de las herraduras lejanas, creyeron que era algún mensajero perentorio, con noticias frescas de la revolución, pero cuando abrieron los ventanales salpicados de barro, se encontraron con la sorpresa de un jinete vestido de sombra, que galopaba temerario bajo la luna nueva: caballo, botas, pantalón y poncho que se confundían con la noche. Paralizada habría de quedar Riobamba, cuando los fisgones descubrieron que aquel personaje misterioso estaba descabezado, y agregaron muertos de miedo, que sin lugar a duda, era el espíritu de algún prófugo de ultratumba.

   Pasaron los días, las historias del Descabezado de Riobamba se contaban por decenas. Lo veían los bohemios que no soportaban el encierro del sábado sin alcohol, los viajantes infortunados que regresaban al asentamiento de San Luis luego de la jornada de trabajo, y los desvelados que no podían dominar el vicio de ver por la ventana. Pero en general, cuando llegaba el sábado por la noche, la gente atemorizada, se encerraba en las casas de adobe y teja, con el gran portón de madera clausurado con la tranca por dentro.

   Por esos días se especulaba mucho en el pueblo: unos decían que era el alma en pena de algún decapitado en la guerra, otros que venía a vengarse del mundo descabezando a todo aquel que encontrara a su paso; otros más clarividentes, creían que los curas, de alguna forma, debían tener la culpa, porque las misas ofrendadas para rogar por la santa alma del Descabezado, no habían servido sino, para llenar las arcas de la iglesia. El jinete legendario seguía apareciendo puntual cada semana.


Descabezado.

   Era un sábado de color claro, tan despejado, que la cadena montañosa revelaba los encantos de los esquivos Cubillines. En una de las calles frecuentadas por el Descabezado, dos jóvenes que vivían frente a frente se encontraron por casualidad, comentaron desde luego la aparición del espectro.

   -A mi que no vengan con pendejadas- dijo el amigo astuto- Para mí es un pícaro-

   Su vecino le dio el beneficio de la duda, pero ¿Y qué tal si el aparecido ese, de verdad fuera un espíritu del más allá? ¿Cómo saberlo? El vecino astuto diseñó un plan para desenmascarar al impostor. Se le ocurrió mientras lo iba contando.

   -Lindo el plan veci- dijo el amigo prudente- pero dígame una cosa ¿Qué hacemos si es verdad? Nos van a ir cargando a la quinta paila del infierno-

   Pero el vecino astuto insistió con tal empeño, que no dudó en ofrecerle al amigo de toda la vida, trago para espantar el susto.

   -Bueno, esa es otra cosa-dijo- Por lo menos de chumadito no ha de doler cuando me lleve.

   Así que fueron a la plaza a comprar un cabestro largo, una poma de trago de contrabando y tabacos cerreros para acompañar al fuerte. Se reunieron cuando el atardecer anaranjado, se transformaba en una noche pintada de estrellas. Bebieron hasta que el miedo les pareció tan pequeño que cabía en la palma de su mano, conversaron de la vida, de las vecinas y del jinete, se imaginaron tantos escenarios, todos tan distintos y disparatados, que cerca de las doce de la noche, la inagotable fuente de inspiración se agotó. De manera que fueron a templar el cabestro, calcularon al ojo la altura del pecho del decapitado.

   -Ahora sí-dijo el vecino astuto en medio de la borrachera feliz- Si logra pasar por aquí, no vuelvo a salir el sábado nunca más en mi vida.

   A las doce de la noche apareció el jinete legendario, apoderándose de la oscuridad con su atuendo temible; los que se consideraban cuerdos ni siquiera se atrevían a mirar por la ventana, en cambio los vecinos locos estaban ahí, dispuestos a descubrir la verdad, aunque aquello implicara quemarse en la quinta paila del infierno. Estaban escondidos en la sala del vecino astuto, cuando el Descabezado pasó frente a sus casas, se estrelló con el cabestro justiciero y cayó de espaldas mientras el caballo siguió su camino imperturbable. Salieron de su escondite en medio de risas nerviosas y apresaron a la supuesta alma en pena, comprobaron con sorpresa que no era otro sino el párroco de San Luis.

   - Es que estaba haciendo mucho frío y me tapé la cara para no agriparme- se justificó el sacerdote rojo de vergüenza.

   Antes de entregarlo a las autoridades, los vecinos se escabulleron con el cura a la cantina, en donde confesó su amor irracional por una santarroseña; la pasión lo había perturbado tanto que el único camino que encontró para consumarlo, fue cubrirse el rostro y aparecer como espectro, porque juró que la sociedad riobambeña asimilaba mejor la idea de un fantasma vagabundo, que la de un cura enamorado.  


                        
   El vaquero llegó a casa con los últimos rayos de sol, estaba más retraído y magullado de lo usual. Cuando su mujer lo vio, en vez de compadecerse por el estado calamitoso de su ancha nariz pelada, y de los moretones en sus pómulos, lo regañó con razón, porque ya había perdido la cuenta del número de veces que llegaba en ese estado lamentable.

  Esta vez no aceptó la mala excusa de la caída del caballo, por toda la comunidad eran bien conocidas sus destrezas en el arte de montar. Su mujer lo sabía, pero él no iba a reconocerlo; es más, estaba tan evasivo que tuvo que sacarle la disculpa de la caída a cucharaditas, mientras le curaba las heridas con compresas de agüita de manzanilla y le daba una infusión de valeriana para espantar el susto.

   Pero no había sido siempre así, antes, el vaquero era tan normal como cualquier hombre de la comunidad; hasta el mal día, en el cual, el capataz de la hacienda lo envió a pastar ganado en el páramo de Tililac, aquella mala mañana, el esposo le comentó que si encontraba alguna vertiente se iba a bañar al medio día. El agua es calientita. Pero esa misma noche regresó golpeado, los brazos al rojo vivo y raspones en la cara, la esposa no se alarmó porque era un accidente que podía suceder. Desde ese día, estar con el ganado se convertiría en una necesidad inexplicable para el vaquero. Fue la tercera vez que llegó golpeado, cuando la esposa supo que algo no estaba bien, y aunque dejó pasar el tiempo, con la esperanza de recuperar al marido que parecía secuestrado por algún encanto, ella iba a descubrir la verdad.

   Apenas se restableció, el vaquero fue a pastar el ganado en el páramo de Tililac; esta vez no estaba solo, su esposa le seguía con el mismo sigilo con el que labraba la chakra; cabalgaron por las faldas del tayta Chimborazo hasta llegar al sitio de pastoreo, una planicie verde con una laguna en la mitad: Yanakocha. Era el medio día, el sol brillaba en el centro del cielo arruinando cualquier sombra protectora. El vaquero se ubicó en el lado derecho de la laguna, se quitó el sombrero y lo depositó en el suelo, luego hizo lo mismo con el poncho rojo, el zamarro de piel de borrego y toda la ropa hasta que estuvo por completo desnudo. La esposa se ruborizó desde su escondite detrás de un peñasco forrado de paja. Se sumergió en la laguna. Hasta ese momento la mujer no vio nada extraordinario, se estaba bañando, pensó; los minutos pasaron y el vaquero no salía, la mujer se acercó a la laguna, pero no pudo ver sino las aguas negras que le devolvían su propio reflejo.

   Dos horas después, la mujer sollozaba con las manos en el rostro, en medio del dolor, estaba pensando en bajar, para que la comunidad ayudara con el rescate del cuerpo; de pronto, el espejo de agua empezó temblar, desde las profundidades de la laguna negra emergió un toro corpulento con cachos arqueados como luna nueva, y una pelambre tan oscura como las aguas de la laguna, salió desaforado por el costado izquierda de Yanakocha. La esposa hubiese preferido que se quedara en el fondo; en la pampa el toro negro se fue a disputar a cabezos su derecho de aparearse con las vacas; al constatar esto, la mujer lanzó un grito y bajó corriendo a la comunidad. Desde aquel día, la luna nueva en el cielo le recordaría al vaquero, que se quedó entre el ganado y nunca más habría de volver a casa.



El vaquero adentrándose en la laguna


El Luterano y el escudo de Riobamba

Vivía en las cercanías de Guamote un hombre extranjero y hosco que vivía de alquilar su caballo negro con brillos rojizos.
De vez en cuanto se presentaba en la entonces aldea de Riobamba a pedir limosna pero no en nombre de Dios como era la costumbre de la época. Apenas decía: ¿Habrá un pan? ¿Habrá un real?
Lo peor sucedió durante la misa solemne en honor a San Pedro, patrón del asentamiento. En el momento que el sacerdote levantaba la hostia, el ermitaño de Guamote la arrebató de las manos y la arrojó al suelo. “Ya veremos si volvéis a consagrar otra vez”, vociferó mientras trataba de herir al cura con un cuchillo.
Ante tal desacato, los caballeros blandieron sus espadas y ajusticiaron al extranjero. Las investigaciones posteriores concluyeron que el individuo era un fanático, un luterano, que pensaba cumplir con un deber de conciencia al profanar el sacramento.
Al enterarse de los hechos, Lope Diez de Armendáriz, presidente de Quito, ordenó que el cadáver del sacrílego fuese incinerado, lo cual se cumplió.
El Rey de España también se enteró de lo sucedido y como recompensa a la fidelidad religiosa concedió un escudo de armas que inmortalizaba el hecho.
Personalidades como Juan de Velasco y Federico González Suárez, recogen y reseñan los acontecimientos narrados.
¿Qué se escondía detrás del sacrilegio?
Hace ocho años, el periodista e investigador Juan Carlos Morales Mejía presentó en la obra “Riobamba: del Luterano al terremoto” una nueva versión de los hechos reseñados anteriormente. En ella se devela el juego de intereses de acomodados habitantes de la Villa y se descubre la historia del hombre que simbólicamente permanece asesinado en nuestro escudo de armas.
Morales acudió al trabajo de Laura Pérez de Oleas Zambrano, publicado en “Museo Histórico” (órgano de difusión del Museo de Quito) en 1953.
Entre 1571 y 1575, en las colonias españolas como en todo el mundo occidental, estaba instaurado el poder de la Religión Católica, que había encontrado en la Santa Inquisición el aparato coercitivo para evitar prácticas consideradas como frutos del demonio y la hechicería.
La persecución avanzó hasta quienes no practicaban la misma religión, aún más cuando estaba fresca la Reforma causada por el rebelado fraile Martín Lutero. De ahí que su nombre era oído con horror y como símbolo del sacrilegio.
Parte de la tragedia del médico austriaco Sibelius Luther, fue precisamente tener un apellido similar al de aquel fraile considerado maldito. De Luther, el apelativo pasó fácilmente a Luterano.
El extranjero apareció en Guamote, y desde el principio llamó la atención porque gustaba de recolectar flores, plantas e insectos, los cuales guardaba cuidadosamente en una caja. Siempre se lo veía acompañado de un perro y de un caballo negro con destellos rojizos.
Lo poco que se sabía de él era terrible, pues había huido de Hungría, tras un crimen pasional del cual fue víctima su propio hermano. Como una forma de purgar sus penas, dedicó su labor científica a curar a los indígenas y menesterosos. Pronto fue conocido como “Padre Blanco” entre ellos.
La veneración que inspiraba Luther entre los indígenas no fue bien vista por el cura del Corregimiento, Horacio Montalván, quien prohibió que le vendieran productos y conversaran con él.
Luther recorrió por mucho tiempo la aldea, pero no pudo conseguir pan, leche, vino, harina o siquiera un vaso de agua. Su ánimo cambió considerablemente y su presencia se fue desgastando.
Un día se acercó a un merendero y solicitó un poco de pan. La mujer que atendía se indignó ante la sequedad y le exigió que pidiera en nombre de Dios. Luther se negó a hacerlo y desde entonces fue considerado un blasfemo que renegaba de Dios.
Lo sucedido trascendió en todo el pueblo y llegó a oídos del cura Montalván, quien decretó la excomunión del extranjero. Pero no fue todo, un día al encontrarlo, ordenó su arresto para ser juzgado por el Santo Oficio. Tras una bofetada, Luther firmó su sentencia de muerte al vociferar: “Ave agorera… Algún día cortaré esas manos que se levantan injustas sobre mí”.
El médico logró escapar y se internó en lo profundo de las cuevas. Allí terminó de desquiciarse.
Durante la misa del 29 de junio de 1575, cuando la iglesia lucía abarrotada de fieles, un hombre cubierto con una capa negra avanzó silenciosamente hasta el altar y en el momento que el cura Montalván pretendía consagrar lo atacó. Era Sibelius Luther, quien pretendía cortar las manos del sacerdote. “Nunca más volverás a ultrajarme ni a consagrar con esa mano maldita”, dijo.
Los asistentes impidieron que se concretara la acción y sacaron sus espadas para victimar al Luterano.
El presidente de la Real Audiencia, don Lope Diez Auz de Armendáriz, ordenó que el cadáver fuera puesto en la horca un día, que se le arrancara la lengua, y que luego fuera incinerado. Así se hizo, pero los indios se encargaron de recoger las cenizas en una vasija para luego enterrarla muy hondo en las cercanías de la Laguna de Colta, para que el Padre Blanco nunca los abandonara. Y ya conocemos la orden real para la asignación del escudo de armas.
Hasta aquí los hechos, contados a la luz de nuevos datos. Morales Mejía argumenta que el asesinato del “Luterano” se fue consolidando como un imaginario colectivo para solicitar a España la categoría de villa.

El Agualongo

El 4 de febrero de 1797, un terremoto destruyó gran parte de la zona central del Ecuador. Se cuenta que antes del desastre se produjeron hechos misteriosos, como el que les contamos a continuación.
En la plaza central de la villa de Riobamba se levantaba la escultura de un niño tejedor (agualongo en quichua). Se dice que un día antes del pavoroso terremoto, hacía un insoportable calor, y muchos se concentraron en la plaza para descansar. En esos momentos miraron asombrados cómo la escultura de piedra giraba sobre su propio eje.
Los testigos regresaron a sus casas profundamente contrariados, sin imaginar que al día siguiente Riobamba desaparecería y que por eso, el Agualongo quiso verla por última vez.